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viernes, 6 de marzo de 2020

Florence Owens o la versión de la pobreza

"El fotógrafo saquea  preserva, denuncia y consagra a la vez"
Susan Sontag
 Una tarde, en la que escuchábamos el discurso del presidente Rooselvet, mi  padre- John Hill-  tomó una determinación. Dejaríamos San Joaquín, nuestra tierra,  para movernos a la costa. La cosecha, sustento de la familia, se había arruinado tras las últimas lluvias. Y el presidente, con una voz que transmitía esperanza, animaba a desplazarse a los campamentos de las Farm Security Administration que se habían constituido para ayudar a los campesinos con dificultades.


 John Hill, fue uno más de los que escuchaba aquel discurso. A la mañana siguiente, caravanas de familias enteras con los colchones enrollados en la parte superior de las camionetas tomaban las carreteras. La larga marcha hacia el Oeste despertó cierto espíritu de camaradería que disipaba la desgracia. En los descansos, jugábamos en el río mientras nuestros padres repartían lo poco que tenían entre ellos para comer bajo el puente de Bakersfield. Desde allí algunos tomaron rutas diferentes. Nosotros nos dirigimos a Nipomo.

 Viajábamos por zonas áridas, mis padres cruzaban miradas de preocupación, temerosos de quedarse sin combustible en medio del desierto de Mojave. Por las noches, mis sueños se adornaban de aplausos y carteles de bienvenida a los campamentos como si aquello fuera a cambiar nuestras vidas.
El primer  Farm Security que visitamos disipó mi sueño.  Junto a los pobres como nosotros, había otro grupo de personas bien distinto: apuntaban nuestros datos, tomaban notas y fotografías. Dada mi juventud, no era consciente de lo que hacían; aun así, los miraba con desconfianza.
A día de hoy, sé que eran instrumentos de propaganda del gobierno para animar a la clase media blanca urbana y americana  a donar fondos para las FSA. Estábamos en desgracia, era cierto. Sin embargo, las imágenes de niños blancos americanos en la pobreza surtían su efecto. No tuvieron esa suerte los campesinos negros del sur con los que compartíamos fatalidad, no raza.

 Estuvimos allí un par de meses.  Luego, pusimos rumbo a Nipomo, como acordaran mis padres. Uno de aquellos días, especialmente lluviosos, la camioneta, tal y como temían, se quedó sin gasolina. Mi padre y dos de mis hermanos fueron camino del pueblo más cercano, mientras mi madre y mis hermanas preparábamos una improvisada tienda para guarecernos de la lluvia. Estábamos a escasos metros del campo de guisantes cuando escuché el traqueteo de una camioneta que se acercaba y el porte seguro de la mujer que descendía con un artefacto como los que había visto en otros campamentos.

 Es curioso cómo lo que para uno puede ser motivo de orgullo, para otros sea una exposición pública de la vergüenza. Nosotros lo vivimos en carne propia aquel día de 1936. La mujer se acercó a mi madre y le propuso que posara para ella, que era importante dar a conocer a América la situación en la que se encuentran muchas familias. Mi madre, desconfiaba de aquella mujer y no quería ser fotografiada. Dorothea -más tarde supe su nombre- intimidaba con sus gestos decididos y sus palabras amables. Florence -mi madre- estaba agotada y sin fuerzas para discutir. Tan solo, en un estéril intento de acotar un par de condiciones, le pidió que no las publicase y que le enviase, al menos, una copia.
La fotógrafa no cumplió su promesa, aunque he de decir a su favor, que su reportaje sirvió para dotar de 20.000 dólares al campamento de Nipomo. Poco después de que nosotros lo hubiéramos abandonado. El asunto quedó olvidado hasta que un vecino nos enseñó un ejemplar del San Francisco News, que publicaba una de las tomas.  Si la foto la ponía en evidencia, el titular era indigno ”Raídos, hambrientos y quebrados, los trabajadores de la cosecha viven en la miseria”.
 Mi madre no lloró. Miró la fotografía, azorada y la retiró de su vista. A fuerza de publicarse y publicarse, mi madre la comparaba con una maldición: si hubiera salido desnuda, no hubiera pasado mayor vergüenza.  Durante cuarenta años nadie se preocupó de conocer la identidad de la Migrant mother cosa que a la Sra. Lange -en aquel momento ya fallecida-  nunca le quitó el sueño. Solo en 1978 el reportero Emmett Corrigan desveló al mundo la versión de mi madre: “Me gustaría que no hubiera tomado la foto. No he ganado ni un centavo con ella. Lange nunca preguntó ni siquiera mi nombre y dijo que no vendería las fotos”. Ella siempre mostró su rechazo a ser fotografiada, su petición no satisfecha, la humillación que supuso el publicar aquella imagen. Mi nieta la entiende muy bien.

 Quizás marcada por la influencia de aquel momento, y por cómo afectó a nuestra existencia, soy fotógrafa. También reconocida y laureada. Aunque solo documento extravagancias de gente adinerada y del cambio climático. Espero que no se ofendan. 

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