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martes, 9 de abril de 2019

Mis favoritos/42

Imagen tomada de la web 


Hace poco terminé de leer Serotonina, lo último  de Houellebecq. No creo que exista un mejor escritor en estos momentos. Detallista, meticuloso, incisivo analista del mundo que nos ha tocado vivir. Michel ahonda en las aguas de la decadencia y sus manifestaciones contemporáneas.  Sus trabajos tienen por protagonistas personajes masculinos perdidos o revueltos ante un mundo cambiante en el que van perdiendo su identidad tradicional. Mucho se habla de la misoginia del autor. Simplemente, considero que pone por escrito lo que muchos piensan. Sin tener que caer en la idea de que sean pensamientos o ideas con las que se identifique el autor. 
Houellebecq agita todo, como si fuera un predicador: la sustitución de la pornografía convencional por los videos caseros,  el auge de la perversión moral, las estocadas continuas al mundo rural en pos de la globalización alimentaria. 
 El hastío , el hedonismo, la anestesia social.
 Pero lo mejor de Houellebecq es su maestría a la hora de escribir.  Y escribir en plena libertad, porque esa es la razón de ser de cualquier manifestación artística. Sin ataduras.

martes, 2 de abril de 2019

Mis favoritos / 41

Imagen tomada de la red

Un viaje de trabajo me llevó a la librería Abaco  de Madrid en la que me hice con este ejemplar.
 Barbara Baynton era desconocida para mí. Es una novelista australiana, que con este libro tan singular, consiguió la atención de una editorial inglesa puesto que en su país no fue aceptada. Probablemente por su carácter atípico.
 En "Estudios de lo salvaje" Barbara Baynton hilvana una serie de relatos en los que todas las protagonistas son mujeres que tienen que luchar contra la adversidad en un medio hostil. Un medio en el que los hombres no son desde luego sus mejores compañeros. Y así lo denuncia. Con inusitada sutileza, la señora Baynton habla ya finales del siglo XIX, del maltrato y las vejaciones a las que son sometidas las mujeres. Pero, a la vez,  crea arquetipos femeninos atípicos: mujeres fuertes, independientes y admiradas. 
Mujeres que contribuyen también a la colonización del continente australiano. Probablemente una lectura incómoda en su tiempo. 

lunes, 1 de abril de 2019

Vidas de perros

Aceptar aquel encargo podía solucionar mis problemas de dinero pero suponía hacer el ridículo del modo más espantoso. En tres días vencía el pago del alquiler y estaba sin blanca, así que no tenía demasiadas opciones.  Llamé a mi amiga Nuria y le dije que aceptaba ocuparme de sus perros mientras pasaba un mes de vacaciones en La India. Además, podía quedarme en su casa, un ático con vistas impresionantes en plena Diagonal. En cuanto Nuria abrió la puerta, un par de dogos se me echaron encima y casi acaban conmigo en el suelo.
—¡Qué maravilla!, ¡qué bien habéis conectado! La verdad es que son un par de bobalicones—Nuria palmoteaba divertida.
—¿Tú crees? — yo intentaba recomponerme tras la embestida.
—¡Por supuesto, Elena! ¡Vamos, dos besitos y nos vemos en un mes! ¡Que pierdo el avión! Te he dejado las instrucciones en la cocina. Y las llaves. No te preocupes,  llamaré de vez en cuando. 
Y Nuria desapareció con su voluminosa maleta.

Tenía miedo de la reacción de los dos una vez que su dueña se hubo marchado.  Me imaginaba que comenzarían a gruñir. No sé si han tenido la ocasión de ver un dogo o gran danés de cerca. Tienen la cabeza estrecha y alargada, el cuerpo extremadamente musculado y una expresión de seriedad que invita a mantener las distancias.  Sin embargo, esta pareja daba la impresión de ser bastante tranquila. Así que me dirigí a la cocina para ver las indicaciones de mi amiga. Los perros me siguieron mansamente. Parece que todo iría bien.

Me senté a leer las indicaciones que Nuria me había dejado. Mejor dicho, el manual en el que estaba reglado de manera meticulosa todo lo que debía hacer con los animales.  Para la noche, me había dejado un par de entrecots para ellos y una pechuga de pollo para mí.  No me hizo mucha gracia sentarme frente al televisor con mi pechuga mientras los otros se ventilaban los filetes, pero debo reconocer que fue mi mejor tarde.
 Los perros se tumbaron a mi lado y no dieron nada de guerra. Se les veía relajados. Cuando terminaron de comer, se fueron cada uno por su lado. Por lo visto, tenían habitaciones propias: la blanca era del macho, Apolo y la negra de Medusa, la hembra. Como pude hojear en el manual,  en sus correspondientes vestidores encontraría la ropa para cada día de la semana. Me aconsejaba que en lo posible, procurara amoldar el color de mi vestimenta al de las mascotas. Para evitar estridencias.

 No salía de mi asombro. Cerré el libro y me quedé dormida en el sofá.

A la mañana siguiente organicé el día según las instrucciones. Un aspecto muy importante y que no debía descuidar, era el régimen de comidas: a las 8.30 un bol de cereales integrales con bebida de avena y unos taquitos de jamón de bellota. Después, ducha de hidromasaje para fortalecer los músculos y vestirlos con ropa deportiva para salir a correr. No debía olvidar la correa -parece que Nuria había tenido problemillas con algún vecino-  ni las bolsitas para los excrementos. Mientras lo leía, pensaba que esto era lo más desagradable del encargo. Como pueden imaginar, los zurullos de un gran danés son directamente proporcionales a su tamaño. Pero lo que no me imaginaba era que debía recoger una muestra por semana y guardarla en la nevera. El veterinario personal, pasaría todos los viernes a recogerlas. Me había dejado, como era de esperar, ocho botes. Así que saqué de mi petate una vieja sudadera y me fui a correr con Medusa y Apolo.

 El portero de la urbanización me dirigió una mirada compasiva. No sería la única del día.

En cuanto salieron del portal, los animales comenzaron a correr desbocados hacia un parque cercano. Tiraron de mí como un carro de trineos hasta que la correa cedió y caí de bruces al suelo. Afortunadamente un chico alcanzó a los chuchos y me los trajo de vuelta. Noté su mirada de rechazo en cuanto se percató de sus lujosas sudaderas.
—¡Solo los cuido! —me justifiqué. Ni siquiera me oyó.

Pasé dos horas en la calle, sujeta a aquellas mascotas enormes, me disculpe con varias personas,  recogí sus cacas, igual de descomunales. Pero no estaba dispuesta a llevármelas a casa. Soy muy regular en mis deposiciones y no tendría problema en dar el cambiazo. Creo que tanto Apolo como Medusa, no pondrían objeciones.

Eran cerca de las 13.30 y estaba agotada. De vuelta a casa, me puse a preparar el almuerzo para mis bestias. Tocaba asado de cordero. Deshuesado. Nos sentamos a la mesa, les puse sus baberos –caprichos de Nuria- y cambié mi dieta de pechuga por un buen trozo de asado. Después, a recoger y limpiar todo aquel desaguisado.  A la tarde visita a la peluquería canina.

 Así día tras día. Mi amiga no llamó ni uno solo.

Solo ocasionalmente y si estaban nerviosos, Nuria aconsejaba  darles una pastillita para dormir. Se convirtió en costumbre. Ellos lo agradecían. Y yo también. En aquel agitado mes bajé unos 5 kilos y sumé 48 arañazos.  No sé qué hubiera sido de mí sin aquellas pastillas.  
El día en que volvió Nuria, la abracé como si fuera la única persona que quedaba sobre la Tierra. Ansiaba terminar con el trabajito. Debo reconocer que Nuria agradeció mi paciencia, los perros se despidieron cariñosos y yo recibí mi dinero.  Estaba contenta.

Sin embargo, al de unos días Nuria me llamó algo preocupada e inquisitiva acerca de la dieta de los dogos. Me quedé estupefacta.  El veterinario le había comentado que tenían lombrices. 

miércoles, 27 de marzo de 2019

Trayectorias

En la terminal, me paro frente a la cinta transportadora para localizar la maleta. Será difícil que me acostumbre al clima continental de Berlín, pienso al recibir el golpe de aire helado. Me aseguro de llevar en el bolsillo la dirección de mi hijo. Será una sorpresa agridulce. Tendré que adornar las circunstancias del despido, seco y aséptico. Arrastro la maleta que traquetea por el empedrado como quien carga con la derrota a sus espaldas. Hurgando entre la maraña de pensamientos, busco las palabras adecuadas, la justificación. Como si yo fuera el culpable. Me invade un vahído. Es la sensación de fracaso. Antes de llegar al portal, me escondo en un bar y pido un café. Afortunadamente, café es una palabra universal. Envuelvo la taza con mis manos y recibo el calor. Me inclino. Agradecería ver el futuro reflejado ahí abajo, en el poso. Tener la certeza de haber tomado una  buena decisión. De que, a pesar de los años, puedo continuar en otro sitio. Sin embargo, el estrépito de una bandeja que cae al suelo, hace que me gire para ver el rostro del camarero, torpe e inexperto. Tan parecido al rostro de mi hijo.

sábado, 23 de marzo de 2019

Jean Renoir


 Llegué sobre las doce del mediodía a las inmediaciones del lago. La brisa, leve, otorgaba a la superficie un movimiento ondulante y periódico. Era un día primaveral, de esos que por sorpresa aparecen a mediados de marzo. De haber sido sábado, el lugar hubiera estado abarrotado de familias.
 Me puse la mano a modo de visera para avistar la cabaña en la que se alojaba Marie con su hijo. Estaba de suerte: el pequeño estaba sentado fuera y sus brazos apenas alcanzaban las piezas del Lego desparramadas sobre la mesa.

 Estampas de niñez que se replican en el tiempo, pensé.

 Me mantuve a distancia. Era arriesgado. Con toda probabilidad, ella estaría dentro. Pero su coche no estaba aparcado. Y Marie nunca dejaría solo a su hijito. Saqué los prismáticos de la guantera para observar mejor la cabaña. ¡Vaya! Por lo visto,  a mamá no le iba tan mal: le daba para contratar una niñera, bastante glotona, distraída y muy pendiente de las redes sociales. Desde mi improvisado observatorio podía distinguir su silueta tumbada en una habitación del piso superior con los auriculares puestos mientras tecleaba frenética en su móvil.  De vez en cuando, acercaba su mano a la mesilla para coger la tarrina de helado. No tenía intención de compartirlo con el pequeño.

El día iba a resultar de lo más prometedor.

 Imaginé la manera de acercarme. Cruzaría en coche por el puente. Lo aparcaría en un lugar discreto y después, ¿Ayudarle con el Lego? Seguro. Siempre inspira confianza alguien que se presta a ayudar. El niño de Marie, acostumbrado a la blandura materna, agradecerá la robusta compañía de una figura masculina. Tendría que buscarme un nombre. Tal vez, Jean Renoir. Sí. Me aguanté la risa mientras encendía el motor.
 El coche cruzó el puente con suavidad. Muy cerca, un sendero cuidado con primor conducía hacia la cabaña.
 Los pasos se acomodan a la gravilla, las orillas están salpicadas de parterres con flores multicolor. Marie cuida los detalles, quiere un hogar para su hijo. Conforme me acerco, distingo el perfil infantil que, ahora arrodillado sobre la silla, puede alcanzar todas las piezas. Está concentrado, intentando colocar una pieza negra que no encaja bien. Por puro instinto, acaricio la pistola que guardo en el bolsillo y emito un leve silbido, para que la criatura no se sorprenda cuando aparezca. Enseguida veo su cabecita ladeada hacia el sendero. Sonrío y él sonríe también. Es un buen crío.
—¡Vaya, cuántas piezas tienes! ¿Qué vas a montar? —me presento.
—¡Un avión! Esta es la cabina — señala la pieza negra.
El niño, bastante habilidoso, ha conseguido con cinco piezas, unas alas y un fuselaje convincentes.
—¡Está muy bien! Uhmm, ¿Cómo te llamas? Habrá que saber el nombre del piloto.
—¡Sííí! ¡Soy el piloto Pierre y conduzco este avión! —palmotea el pequeño.
Así que Pierre. Compruebo que a Marie no le agradó mi sugerencia. Era de esperar.
—Mucho gusto, Pierre.  Me llamo Jean Renoir, ¿puedo jugar contigo? —acerco mi mano en señal de saludo, el niño me ofrece la suya con gesto serio, de adulto y la agita con fuerza.
—¡Vale! —el pequeño Pierre abre los ojos encantado. Es posible que pase mucho tiempo solo.
—Sí, pero me ha dicho mamá que te acerque al trabajo. Tenemos una sorpresa para ti. Así que, ¿me acompañas? –debo actuar rápido. La golfa de arriba puede bajar en cualquier momento.
—¿Te envía mamá? Me dijo que iríamos a casa del abuelo hoy.
—¡Claro!, pero mamá no puede venir. Soy un amigo del trabajo, he podido salir antes y voy a llevarte con tu madre. Luego iréis dónde el abuelo. Buen plan, ¿eh?
— Pero tengo que avisar a Cecile.
—No hace falta, Pierre. Ya está avisada. Mamá la llamó al móvil. —Le cojo de la manita.
 El niño se deja llevar con mansedumbre. Como ya he dicho, es un buen chico. Casi me apena que sea tan dócil, tan puro. Y que esa idiota siga en el cuarto de arriba, sin dar señales. A Marie, debería preocuparle. Pero mejor no. Estará nerviosa los próximos días.

domingo, 17 de febrero de 2019

Venus



 La señorita Edelweis, que ha cambiado su uniforme de ciudadana del nivel 3, por unos estrafalarios zapatos con tacón finísimo y una inverosímil falda con forma cilíndrica, se dirige a la sala de gestación para ver las evoluciones de su primer feto. Le acompaña su compañero, el ciudadano Odys nivel 8, perfectamente uniformado pero con signos de fatiga y preocupación en el rostro.
 La conversación, que activaron en modo privado pero hemos podido desencriptar, transcurrió como sigue frente a la cápsula del gestante.


—Tengo los documentos sobre antiguas formas de reproducción humana, Odys.
—Sabes que estás infringiendo la Ley de Asepsia, por no hablar de la intromisión en el departamento de Asuntos del Olvido, Edel. Nos arriesgamos mucho y ahora no es como antes. Está el bebé. Además, esa ropa ¿De dónde la has sacado?
—Encontré imágenes de ciudadanas vestidas así. De la época previa a la Gran Desolación. Y con una impresora a mano, listo.
—Quién se acuerda ya de aquellas ocho bombas nucleares, Edel. Como te gusta hurgar en el pasado ¿no te ha dado por revisar el archivo fotográfico de anomalías humanas? Dicen que hay millones. Un horror.
—No, aquello debió ser terrible. Pero lo anterior. Eso que no nos dejan ver los de Asuntos del Olvido. No parece tan malo, Odys. En las fotos parecen felices, las ropas son bonitas. Y son todos parecidos. Simétricos.
—Nadie es así ahora, cada vez hay más asimétricos, Edel. No compliques las cosas o nos dejarán sin niño.
—Bueno, niño, no sé qué decir. Míralo, todavía está en la fase cigoto. Amplía un poco más la imagen. Parece cómoda la cápsula que le ha tocado, ¿no?
— Sí, era la más adecuada para las aplicaciones que le vamos a descargar. ¿Prefieres que tenga dos o tres brazos multifunción?
—Dos, Odys, es más simétrico, más bello e igual de práctico. Como nosotros
—Pues fíjate en el de nuestros vecinos. Le han puesto tres. ¿has pensado en lo de los ojos? Creo que facetados, mucho mejor.
—De acuerdo, los eliges tú. Aunque antes estas elecciones eran más sencillas
—No seas ingenua, Edel. Diseñar un niño no es nada sencillo.
—¿Sabías que antes de la Desolación, los del nivel 1 se reproducían por fetos criados en sus barrigas y sin ningún tipo de diseño previo? ¡Increíble!
—Ya estás, con tus tonterías. ¿De dónde has sacado tal cosa?  Eso es imposible, salvaje y contra natura. Por no decir que, personalmente, me parece asqueroso.
—Imposible, no. Lo dicen los documentos, y también hablan del sexo.
—¿Ah, sí? Interesante. Cuéntame.
—Verás, era bastante primario. A base de fricciones rítmicas, caricias. No sé, cosas así.  Me hace gracia pensar en nuestros estirados del nivel 1 haciendo esos ejercicios. Tengo fotos.  ¿Las quieres ver?
—¿Las has descargado? No tienes arreglo, Edel.
—Fíjate, no utilizaban casco ni vibraciones, se les quedaba una cara como de éxtasis. Los cuerpos no tienen película protectora y eso que se tumbaban juntos y muy pegados. No hay camas separadas ni ondas expansivas de placer. ¿Tú crees que podríamos hacer algo parecido? O al menos probarlo, Odys.
—No sé. Da un poco de miedo ¿no? Así, sin nada ¡Y esas caras! Parece como si sufrieran. ¿Tú estás segura de que eso es un acto reproductivo? A lo mejor solo es apto para los del nivel 1. Y nosotros no somos como ellos, Edel.
—O eso es lo que nos han hecho creer. Salvo el nivel, yo no veo muchas diferencias. ¿De veras que no te pica un poco la curiosidad?
—Mentiría si te dijera que no. Pero tengo mis reservas, Edel. Es un acto fuera de ley. Pueden crionizarnos. O negarnos la cesión del bebé.
—¡No la necesitaríamos, cariño! Imagínate que me creciese uno aquí dentro.
-—¡Ja, ja, Edel! Eres terrible ¿Estamos en privado, no? Nadie se puede enterar y lo del niño en la tripa, si cielo. ¡Menuda idea! contigo vuelvo a creer en la ciencia ficción.

 En conclusión al informe, y habida cuenta de que la conversación tardó en encriptarse varios días, aconsejamos la detención inmediata de la pareja nivel 8 como medida preventiva, por actos delictivos contrarias a la Ley de Asepsia. Acto seguido, proponemos se lleven a cabo las medidas pertinentes para  comprobar que no se haya iniciado un proceso reproductivo anómalo que pudiera poner en riesgo la seguridad de la nueva especie.
Mil gracias a Luis Arana por su publicación.

martes, 5 de febrero de 2019

Jaque Mate


 Cuando escucho la voz que sale por los altavoces, me bajo; va a ser un día largo. Fijo los ojos en el suelo, abrumado por lo que me espera y, al levantarlos, encuentro su rostro. Inesperado. Reprimo el impulso de acercarme por un hueco en el camino abarrotado de abrigos. Me detengo; total, ¿para qué? Han pasado veinte años. Es curioso verla en el mismo lugar.
El tiempo, entonces, estaba vacío de prisa. No así el deseo, que tiraba de mí para llegar a la estación cuando quedaba con ella. Acuden a la memoria el abrazo, el beso, el cesto de la playa en el andén. Comenzaba el viaje. Sentada junto a ventana, apoyaba su cara en el cristal, con la mirada perdida en el paisaje, al compás del traqueteo del tren. Yo la miraba. Le recogía un mechón y lo apartaba detrás de su oreja. Aguantaba o disimulaba mi deseo. Cuando llegábamos a Sopelana, una riada de gente, cargada con sombrillas, niños y balones de playa, abandonaba el vagón. Nosotros bajábamos en la última parada. El tren se iba vaciando conforme avanzábamos. Nos acercábamos. Las manos, torpes e inexpertas, tropezaban con la cremallera o la hebilla del cinturón. Alguna mirada censora no aprobaba nuestros juegos y ella enrojecía. Nos deteníamos. Llegábamos al final. Nos gustaba el paseo de la ría hasta la playa. Siempre estaba tranquila. Corríamos para alcanzar la orilla y nadar hasta las boyas. Al salir del agua, otra carrera hasta tender, exhaustos, los cuerpos al sol. Después, los bocadillos de tortilla con arena y la partida de ajedrez. Lo traía en un estuche plegable y dentro, entre gomaespuma troquelada, iban colocadas todas las piezas. Aún recuerdo el olor a madera de cedro, cuando lo abría. La radio portátil hacía las veces de reloj. Me dejaba ganar. Nos reíamos a carcajadas. Al atardecer, la puesta de sol, los pies colgados en el rompeolas. Nos hacíamos fotos. Recuerdo el sabor a sal, las promesas y el adiós. Está más bella que antes. Una vez, de regreso a casa, perdimos el tren.

Mi aportación a "Relatos para el andén", iniciativa literaria para conmemorar el 125º aniversario de la llegada del tren a Plentzia