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lunes, 7 de enero de 2019

Sospecha

Recuerdo que Sabina era la única que practicaba la pesca. Lo cierto es que era única en muchas cosas: la única que trabajaba por las tardes, que tenía coche y por tanto, la única con la que podíamos viajar libremente. A Sabina le encantaba bajar a la playa y derrapar por la orilla con su Dyane seis. 
Un día de esos, se le acercó el misterioso hombre de los prismáticos. Ocupaba un caserón de veraneo desde hacía poco y fisgoneaba apostado en el torreón de la vivienda. No nos gustaba. Sin embargo, Sabina estaba pletórica; la había invitado a un café y habían estado charlando largo tiempo. En contra de nuestra opinión, era un hombre muy agradable. Y le entusiasmaba la pesca. No ocultamos nuestra envidia cuando dijo que la casa, tal y como intuíamos, ofrecía las mejores vistas de los acantilados. Le rogamos que nos dejara acompañarla la próxima vez que volviese, pero mientras se acariciaba la nuca -en un gesto que ahora reconozco de coquetería- hizo oídos sordos. Pasaban los días y Sabina se mostraba cada vez más esquiva. Apenas sacaba su coche y si lo hacía, lo conducía aquel hombre. Bajaba a pescar, pero solo con él. Comenzó a portarse de manera extraña: nos evitaba, no contestaba a nuestras llamadas. Fue doloroso, especialmente para mí. Creía que ella era mi mejor amiga. Pero la suficiencia con la que ahora miraba, me molestaba. Nos fuimos distanciando. Hasta la tarde del accidente. Sabina llamó diciendo que quería hablar conmigo, muerta de miedo. Quedamos en la cafetería de siempre. Estuve esperando casi una hora. No apareció. No llegamos a vernos más: su coche había derrapado y cayó a los acantilados. 
El dia del funeral, entre sollozos y palabras de consuelo, la mirada oblicua del hombre de los prismáticos, me atravesó como un escalofrío.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Pasatiempo

Melinda, Melinda, me sofoco cada vez que pienso en ti. Castigadora, fría, seductora. Tan lejana.
 Ayer me volviste a llamar. Querías jugar, como otras veces.
Tenías la voz rajada por un catarro mal curado que te hacía todavía más adorable. Hablabas de cosas intrascendentes, con esa cadencia tuya que estremece y que invita a divagar, a pensar. Según el día.
 Me proponías tomar algo en un bar.
- No sé, donde tú quieras" - respondí,  fuera de onda.
 Quedamos para charlar. Me tentarás de nuevo y caeré.
 Estarás esperando apoyada contra la pared- te gusta la puntualidad-  me verás llegar, apagarás el cigarrillo mientras bajas la cabeza y volverás a decirme:
-Esta tarde no tengo nada qué hacer.




viernes, 7 de diciembre de 2018

Lolita ilustrada

Edgar Humbert, negrura de mis entrañas, carcelero de mi vida . Maldigo el día que entraste en la casa, mi mirada tras las gafas y aquella curiosidad. Yo para ti, Annabel reencarnada; tú para mí, el principio del viaje de los adultos. Te espiaba en el despacho, imitaba tu aire europeo, decadente. Mi madre, ilusionada con tu coqueteo aborrecible y mortal, no pudo ver la intención. La boda de cartón, apresurada, el principio del ardid. Su trágica muerte -segundo paso- me convierte en huérfana a tu merced. Qué satisfacción sentirías al tener el camino despejado, en vía libre. Cómo olvidar tu llegada al campamento, disfrazado de solícito protector en busca de su trofeo. Desamparo. Abuso revestido de adoración en  " El Cazador Encantado";  primera parada de un viaje errático de motel en motel, huyendo de tu delito, de las miradas que interrogaban. Pagabas la culpa, la posesión dolorosa con regalos absurdos y lloros poscoitales. Cuánto deseo de burdel adornado de altar, sacrificio y rendición. Cuánta palabrería de diosa para tu prostituta infantil. Después la huida, a merced de otro matarife peor incluso que tú. En qué sucio giñapo me has convertido, Edgar Humbert, verdugo de mi sexo, de mi alma y mi destino. 

viernes, 30 de noviembre de 2018

Las manos

Y súbitamente, todo empezó a aclarársele frente al espejo. No sólo eran los mechones blancos. También sus ojos negros se habían vuelto grises. Una brisa fría se coló por la ventana. Al ir a cerrarla, la piel de los brazos, antes oscura, mostraba ahora un aspecto pálido que dejaba ver el perfil sinuoso y azulado de las venas. Recorrió la casa en busca de respuestas. Nada.  Volvió la vista hacia el reloj de la pared y recordó que debía ir a trabajar. Salió a la calle, cada paso le volvía más ligero, como si flotara. Levantó las solapas del abrigo. Hacía viento. La palidez de las manos era ya pura transparencia. Su cabeza divagaba, perdida en nebulosas que no le permitían pensar. Tras varios callejones sin salida, localizó la oficina.  Asintió al saludo de rostros familiares y bocas de asombro. No le dio importancia. Solo quería alcanzar su despacho para tomarse una aspirina. Pasó la mañana delante del ordenador, atento al vaivén de listados infinitos. Persistía la niebla mental. Aunque lo realmente molesto eran las voces cuchicheando tras el cristal. Le irritaban. Se levantó furioso y al apoyar las manos sobre la mesa, vio que habían desaparecido.

martes, 23 de octubre de 2018

Caracoles

 Habías observado mi nula reacción a la picadura de mosquitos, a la exposición a arañas y al tratamiento con sanguijuelas. Suplicaste un último intento y me llevaste al laboratorio. Tardaron cincuenta minutos en alcanzarme y cubrirme por encima. Para nuestra sorpresa, el húmedo acariciar de aquellos colonos despertaba mis sentidos. Comenzaste a tomar notas. Intenté juguetear, aumentar mi sugestión acercándolos a mis pechos. Los bichos, amenazados, ejecutaron al unísono un movimiento succionador que tensó mis músculos. Procuré relajarme y la presión cedió. Aproveché la distracción para pivotar mi cuerpo sobre el costado izquierdo, lentamente. Sonreí al escuchar el sonido de huevos cascados y vísceras aplastadas. Retrocedieron y dejaron en mi piel senderos irisados. El tropel de intrusos en ordenada cola, bajó y se abrió camino entre el oscuro túnel de mi deseo. Apartaste los ojos de mi vientre. Los míos permanecieron largo tiempo en blanco.

viernes, 19 de octubre de 2018

Tea party

Como el aguacero que comienza con pequeñas gotas hasta provocar una inundación. Así suceden los cambios; un abdomen que se ensancha, un niño que nace, una excedencia que se prorroga mes a mes. Y un padre que asciende, conforme va creciendo el niño. Ese que se cría tan bien desde que su madre lo ha dejado todo para atenderlo. Ese ascenso que engorda la cuenta bancaria y los regalos a la abnegada madre, que plantea al de un par de años, agobiada por el olor a Nenuco y las conversaciones de parque sobre nutrición infantil, que quiere volver al trabajo.
Y tras la declaración, un ceño fruncido, una mirada nueva que comienza a vomitar con ira:
-¿Para qué?¿Acaso no tienes suficiente? ¿No ves que en este barrio ya no trabaja ninguna? ¿Quieres volver a los tiempos de tu madre? ¿No te alegras de poder decidir con plena libertad, sin personas ajenas cómo educar a nuestro hijo?

Este es el relato que envié este año para el proyecto de la Diputación de Gipuzkoa, Kultur Dealers, en su tercera edición

sábado, 3 de marzo de 2018

NOQUEADO

Todo boxeador arrastra una desgracia. Salvo Money. Floyd, alias "Money" sólo recibe golpes de suerte. Contemplo la insolencia, la pose, el desdén con el que mira a su nueva pareja. Pero a él, que sonríe a la cámara como la vida a su estampa, no le afectan los ganchos de alcoba. Levita sobre un mar de abundancia que pudo ser mío y no fue. Difícil olvidar la mirada hambrienta, la guardia mixta con los hombros levantados, protegiendo la barbilla, evitando mi uppercut. Casi me pone contra las cuerdas en aquel apretado 10-9. Yo conseguí mi medalla olímpica; él, su última derrota. En los pasillos, sudoroso, palmeado por todos, luchando por avanzar entre la euforia y los aplausos, la mano que se acerca con un contrato millonario, recibe mi manotazo estúpido, mi rechazo. Y esa mano, ofendida, vuelve el gesto hacia Money que aprovecha la oportunidad. Recoge la pluma del suelo y dibuja en el papel una rúbrica amplia, circular, rimbombante. De triunfador. 

A Serafim Todorov, que pudo ser digno de una crónica pugilística de Julio Cortázar, pero para entonces Julito ya no estaba. Este micro es uno más de los que se crearon en el Taller de Microrrelatos de Abusu a partir de obras artísticas originarias del taller de Zubietxe