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sábado, 25 de septiembre de 2021

Antecedentes de hecho

 

La sala estaba limpia y ordenada, el suelo encerado, las lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubitos de hielo brillante en un recipiente. 

Mary Joe Hardy estaba esperando a que su marido volviera del trabajo. Se levantó para retirar los vasos y la cubitera. Joe, su esposo, no debía verlos. Al de pocos minutos,  entraba en la casa.

—¿Cómo te fue el día, cariño? -preguntó Mary

—¡Qué quieres que te diga! - exclamó el hombre con un tono de enfado en la voz, las ventas van de mal en peor y a mí se me acaba la paciencia. Los chicos no le ponen ganas.  Nena, ¿has preparado algo para cenar? Estoy hambriento.

Joe se repantingó en su sofá y desabrochó la corbata. El traje marrón estaba salpicado de lamparones. La postura hacía tensar los botones de la camisa sudada y dejaba asomar una barriga flácida y peluda. Mary desvió la mirada con desagrado mientras paseaba por la habitación.

—Lo siento, querido, no he tenido tiempo de cocinar nada. Estuve en la peluquería ¿no te gusta mi  corte de pelo?

Joe levantó una ceja  antes de tomar el mando a distancia y encender el televisor. 

—¡Bah!, ¡si estás igual de vieja! -exclamó.

La mujer se volvió para mirarlo con desprecio en , pero Joe ya estaba enfrascado en el futbol y abandonó la sala. Desde el pasillo le gritó:

—¡Voy a prepararte un bocadillo, cariñooo!

Mary se dirigió a la cocina. El "cariño" le sonó más falso que otras veces.  No le importó.  En el pasillo, unos brazos de otro hombre la atraparon y la metieron en el dormitorio.

—¿Estás loco?, ¡shsss, cuidado!, no salgas todavía . Y esconde eso -musitó.

El hombre de espaldas, retiró con la mano el pelo del cuello de Mary y lo besó. Mary, subyugada, encogía sus hombros, se dejaba hacer. Un agradable escalofrío le recorrió la espalda. Suficiente para olvidar la groseria de Joe. La mujer se volvió y lo abrazo con frenesí. Cerró la puerta  con suavidad. Los dos se olvidaron por un momento de la presencia de Joe hasta que el bruto comenzó a gritar:

—¡Mary, hija de la gran putaaa!, ¡mueve el culo y traéme el jodido bocadillooo!

La señora Hardy, furiosa se zafó del hombre y se dejo caer en la cama con los brazos en aspa:

—¿Lo ves, Mike? Es insoportable, ¡que se joda!

Mike abrió la puerta con sigilo. Se giró hacia la mujer, arqueó las cejas y  con el dedo índice apuntando susurró:

—¡Bang!

Y marchó por el pasillo de puntillas.

Tumbada en la cama, Mary Joe Hardy comenzó a reírse entre dientes.

"Recuperando sombras, tras un año sin escribir"


martes, 16 de junio de 2020

Mis favoritos/ 43

imagen tomada de la red

El horror nunca da miedo, viene de una manera natural, como una hola suave. Hasta que se implanta y se queda, entonces es como una torta en mitad de la cara. Algo así ocurre con la ola de populismo que asola nuestro planeta. Y que tuvo su origen, en el eterno aspirante a país europeo, Turquía. Si te interesa cómo se fraguan los pequeños cambios, se socaban las libertades, se vuelve al control sobre la mujer y se coloca la tradición religiosa por encima del laicismo y el orden legal establecido,  este es tu libro. 
Ece Temelkuran (Esmirna ,1973) no  puede ejercer su profesión con libertad en su país. Es como tantas, una mujer que no encaja en el ideario de Erdogan. Victimismo, exigencia de respeto, desprestigio de las instituciones, infantilización del mensaje, creación a medida del votante… Estos son los rasgos comunes a todos los populismos que azotan, desde hace más años de los que pensamos, todos los rincones del globo. Y también son los pasos que configuran Cómo perder un país (Anagrama), el último ensayo de la periodista.

viernes, 1 de mayo de 2020

"CANSPIRACIÓN"



Vivo bien en términos materiales, ese no es el problema. Dispongo de una confortable caseta  en el jardín  junto a mi árbol urinario, entro al chalé cuando me da la gana y me dan de comer de lujo. El problema reside en que mis amos, Fefo y Tuti, son más tontos que mandados hacer de encargo, como puede ya apreciarse por  sus diminutivos, y me resultan unos cargantes insoportables. Se dirigen a mí llamándome Pipo, ridículo nombre que me humilla. Soy un guapo fox terrier de cuatro años con alto cociente intelectual y muy respetado entre los míos. Estoy en plena madurez canina;  no necesito estar rodeado de juguetes y otras frivolités como si fuese un cachorrillo. Por suerte, tengo el triste consuelo de que en este barrio todos sufrimos de lo mismo, pero a mí me ha sido encomendada la tarea de acabar con esta vileza.

     Lo ladramos el domingo pasado, cuando los Quílez invitaron a mis dueños y afines a un cóctel informal en su jardín. ¡Valiente panda de ignorantes! ¿Dónde se ha visto un cóctel un domingo? Esto os dará la medida del estatus del vecindario: resucitadillos de medio pelo que medraron a cuenta de negocios poco transparentes. Nosotros, en cambio, éramos canes de pedigrí y de familias muy seleccionadas,  por lo que nos resultaba embarazoso tener que soportar actitudes paternalistas. Para mí, hijo de una fox terrier de origen oxoniense, eran insoportables, por ejemplo,  aquellos concursos de belleza: me hacían pasar una vergüenza terrible. Desolador era también, ver a mis congéneres repeinados y perfumados. Humanizados. Nuestras miradas de resignación al cruzarnos lo decían todo.
    Y en eso andábamos aquella tarde, en cómo zafarnos de aquella vida miserable. El principal problema eran nuestros amos,  por lo que la ofensiva tenía que ir dirigida hacia ellos.  No queríamos una revolución ni renunciar a nuestra vida privilegiada. Solo ansiábamos dignidad.

Yo tenía contactos con grupos caninos suburbanos que se habían sublevado en barrios más humildes, pero que sufrían idénticas vicisitudes. En poco tiempo, controlaron la situación. Me resultó de gran ayuda contar con el apoyo y los consejos  de Chulo, un perro potencialmente peligroso, sin pelos en la lengua. Chulo me convenció de que a base de firmeza y de enseñar un poco los dientes, la situación estaría controlada en poco tiempo.

  Lo primero que teníamos que hacer, era deshacernos de la tiranía de los concursos caninos. Para ello deberíamos ingerir grandes cantidades de helado de chocolate los días previos. Disfrutábamos con aquellas vomitonas oscuras en medio de la pasarela. Yo me regocijaba con el apuro de Fefo, puesto en evidencia delante de sus amigos. Así sabría cómo me sentía. Podría pensarse que las consecuencias de esta actitud reiterada, serían los castigos físicos. Pero no. Es vox canis que un dueño urbanita es pusilánime y reconcomido por la culpa en cuanto a instruir a un animal. Nada que ver con uno rural. Esos sí que  nos conocen bien, nos mantienen a raya, de acuerdo, mas nunca mancillan nuestro honor.  Por eso los respetamos.

 Chulo también nos indicó cómo adiestrar a nuestros amos. De vez en cuando, se hacía necesario mantener una actitud agresiva. Sobre todo, en lo respectivo a cualquier pauta encaminada a humanizarnos: fuera ropas, comida para mascotas, salir a la calle acompañados y visitas al veterinario. Otros que se habían buscado un buen negocio con las marcas de comidas de plástico. ¿Cómo habíamos llegado a renunciar a un buen hueso? Nos repetía  Chulo en sus charlas, a fin de empoderarnos.

  Poco a poco,  las medidas surgieron efecto. Tanto Fefo como Tuti, dejaron de tratarme como a su osito de peluche, al ver que cuanto más me mimaban, más arisco me mostraba. Incluso cedieron en las visitas al veterinario. La primera vez,  me planté en la puerta, frente a ellos, con el hocico arrugado y la mirada oblicua, desafiante. Sentí un placer inmenso al ver cómo retrocedían. No lo intentaron una segunda vez.

  Conforme pasaron los días, se fueron tornando más dóciles. Se acostumbraron a mis mordiscos cuando no me dejaban comer el pollo asado o las lonchas de jamón ibérico que guardaban en la nevera. Aceptaron con resignación mi negativa a la comida enlatada o a las bolas insípidas. Y dejaron de disfrazarme, cuando veían que dedicaba una hora del día a raer mis ropas absurdas. Pero uno de mis mayores orgullos fue que Tuti, tras varios estropicios en la peluquería “Guau”, se resignó a tener un terrier tal cual, con su pelaje natural.

  Ahora, tanto mis amigos como yo salimos a la calle con la cabeza bien alta, sin ataduras, sin la presencia controladora de nuestros dueños. Volvemos a la hora que nos da la gana, cualquier excusa es buena para salir a conocer otros barrios con perros que necesitan nuestra ayuda. Sigo en contacto con Chulo, al que tanto debo. Cuándo me atreveré a decirle que siento cosas.

viernes, 6 de marzo de 2020

Florence Owens o la versión de la pobreza

"El fotógrafo saquea  preserva, denuncia y consagra a la vez"
Susan Sontag
 Una tarde, en la que escuchábamos el discurso del presidente Rooselvet, mi  padre- John Hill-  tomó una determinación. Dejaríamos San Joaquín, nuestra tierra,  para movernos a la costa. La cosecha, sustento de la familia, se había arruinado tras las últimas lluvias. Y el presidente, con una voz que transmitía esperanza, animaba a desplazarse a los campamentos de las Farm Security Administration que se habían constituido para ayudar a los campesinos con dificultades.


 John Hill, fue uno más de los que escuchaba aquel discurso. A la mañana siguiente, caravanas de familias enteras con los colchones enrollados en la parte superior de las camionetas tomaban las carreteras. La larga marcha hacia el Oeste despertó cierto espíritu de camaradería que disipaba la desgracia. En los descansos, jugábamos en el río mientras nuestros padres repartían lo poco que tenían entre ellos para comer bajo el puente de Bakersfield. Desde allí algunos tomaron rutas diferentes. Nosotros nos dirigimos a Nipomo.

 Viajábamos por zonas áridas, mis padres cruzaban miradas de preocupación, temerosos de quedarse sin combustible en medio del desierto de Mojave. Por las noches, mis sueños se adornaban de aplausos y carteles de bienvenida a los campamentos como si aquello fuera a cambiar nuestras vidas.
El primer  Farm Security que visitamos disipó mi sueño.  Junto a los pobres como nosotros, había otro grupo de personas bien distinto: apuntaban nuestros datos, tomaban notas y fotografías. Dada mi juventud, no era consciente de lo que hacían; aun así, los miraba con desconfianza.
A día de hoy, sé que eran instrumentos de propaganda del gobierno para animar a la clase media blanca urbana y americana  a donar fondos para las FSA. Estábamos en desgracia, era cierto. Sin embargo, las imágenes de niños blancos americanos en la pobreza surtían su efecto. No tuvieron esa suerte los campesinos negros del sur con los que compartíamos fatalidad, no raza.

 Estuvimos allí un par de meses.  Luego, pusimos rumbo a Nipomo, como acordaran mis padres. Uno de aquellos días, especialmente lluviosos, la camioneta, tal y como temían, se quedó sin gasolina. Mi padre y dos de mis hermanos fueron camino del pueblo más cercano, mientras mi madre y mis hermanas preparábamos una improvisada tienda para guarecernos de la lluvia. Estábamos a escasos metros del campo de guisantes cuando escuché el traqueteo de una camioneta que se acercaba y el porte seguro de la mujer que descendía con un artefacto como los que había visto en otros campamentos.

 Es curioso cómo lo que para uno puede ser motivo de orgullo, para otros sea una exposición pública de la vergüenza. Nosotros lo vivimos en carne propia aquel día de 1936. La mujer se acercó a mi madre y le propuso que posara para ella, que era importante dar a conocer a América la situación en la que se encuentran muchas familias. Mi madre, desconfiaba de aquella mujer y no quería ser fotografiada. Dorothea -más tarde supe su nombre- intimidaba con sus gestos decididos y sus palabras amables. Florence -mi madre- estaba agotada y sin fuerzas para discutir. Tan solo, en un estéril intento de acotar un par de condiciones, le pidió que no las publicase y que le enviase, al menos, una copia.
La fotógrafa no cumplió su promesa, aunque he de decir a su favor, que su reportaje sirvió para dotar de 20.000 dólares al campamento de Nipomo. Poco después de que nosotros lo hubiéramos abandonado. El asunto quedó olvidado hasta que un vecino nos enseñó un ejemplar del San Francisco News, que publicaba una de las tomas.  Si la foto la ponía en evidencia, el titular era indigno ”Raídos, hambrientos y quebrados, los trabajadores de la cosecha viven en la miseria”.
 Mi madre no lloró. Miró la fotografía, azorada y la retiró de su vista. A fuerza de publicarse y publicarse, mi madre la comparaba con una maldición: si hubiera salido desnuda, no hubiera pasado mayor vergüenza.  Durante cuarenta años nadie se preocupó de conocer la identidad de la Migrant mother cosa que a la Sra. Lange -en aquel momento ya fallecida-  nunca le quitó el sueño. Solo en 1978 el reportero Emmett Corrigan desveló al mundo la versión de mi madre: “Me gustaría que no hubiera tomado la foto. No he ganado ni un centavo con ella. Lange nunca preguntó ni siquiera mi nombre y dijo que no vendería las fotos”. Ella siempre mostró su rechazo a ser fotografiada, su petición no satisfecha, la humillación que supuso el publicar aquella imagen. Mi nieta la entiende muy bien.

 Quizás marcada por la influencia de aquel momento, y por cómo afectó a nuestra existencia, soy fotógrafa. También reconocida y laureada. Aunque solo documento extravagancias de gente adinerada y del cambio climático. Espero que no se ofendan. 

domingo, 16 de febrero de 2020

Saldos


  Un deambular tedioso de otoño, la llevó al escaparate de aquel comercio en rebajas. Tras el cristal, dos especímenes machos en oferta. Uno de ellos, de sonrisa afable, se vendía como extrovertido, alegre, simpático y dado a la actividad deportiva. El otro, más circunspecto, ofrecía un bagaje cultural amplio, aficionado a viajar y gran sentido del humor. Por lo menos así se vendían.

 Los observó durante un buen rato; verse obligada a elegir entre ambos se le hacía arduo. Para evitar indecisiones incómodas dentro de la tienda, lo echó a suertes. Al fin y al cabo, los dos eran bien parecidos y llevaba un tiempo quejándose de no vivir en pareja. El vendedor se extrañó bastante ante una decisión tan inmediata. “Suelen demorarse algo más”,   le comentó.  En pocos días recibiría la mercancía.  No lo he dicho, pero echada la moneda al aire, se decantó por el hombre extrovertido. Los dos tenían el mismo precio.

 Los días anteriores a la recepción de la compra, estuvo un tanto ansiosa. Dudaba de haber elegido el adecuado. Quedó satisfecha nada más retirar las bolas de poliespán. Era más atractivo que en el escaparate. Según el libro de instrucciones, llevaba de serie determinadas aplicaciones, pero debía programar un grupo de tareas personales. De esta manera, el sujeto conocería sus aficiones para adaptarse. Introdujo en su disco duro un organigrama de rutinas y gustos para una semana: Por las mañanas desayunaba tostadas de tomate y un café solo. A mediodía solía ir a comer a casa y regresaba del trabajo sobre las seis te de la tarde. Entonces se tomaba un té acompañado de un sandwich de pollo y mostaza. Se acostaba sobre las diez y media, tras comerse una fruta.  Los miércoles y los viernes por la tarde, asistía a clases de yoga y el fin de semana, solía quedar con sus amigos. Como no deseaba que el electrodoméstico alterase su vida privada, optó por desconectar el artefacto esos días a las siete -cuando tenía las clases-, así como los sábados y domingos.

La primera semana todo fue sobre ruedas, la mujer estaba encantada. El hombre atendía solícito sus peticiones, además tenía vida propia: se ejercitaba con las mancuernas y tabla de abdominales antes de prepararle el desayuno. La acompañaba al garaje, le daba un beso y se iba a correr. A la hora de la comida, se encargaba de prepararle el almuerzo que amenizaba con su divertida conversación. Después, se ejercitaba con rutas de montaña en bicicleta. Cuando regresaba del trabajo, la arropaba entre mantas en un rincón del sofá para ir luego a preparar su sándwich de pollo con mostaza. Al anochecer, se sentaba junto a ella y le quitaba, afable, las miguitas de pan de la comisura de los labios. Se sentía feliz. La hora de irse a la cama se le hacía especialmente placentera. Antes de dormir, pelaba con esmero la manzana, pera o mandarina que iba a cenar.  La tomaba en brazos y quedaba acostaba entre mullidos cojines. Era solícito en el amor y la colmaba con creces. Al de quince días, ya estaba dispuesta a presentarlo en sociedad.

Sabía de las críticas que suscitaba la compra de estos juguetes por parte de alguna de sus amistades, así que no dijo nada. Cada vez los hacían más semejantes a los auténticos y era muy difícil –a no ser que fueras un experto- distinguir estas copias de sus originales. Así que, un gélido sábado del mes de diciembre, apareció con el nuevo compañero. Lo llamó Eloy.
Comprobó satisfecha que Eloy suscitaba miradas cargadas de admiración y envidia. Su complexión atlética resultaba llamativa y su don de gentes era notorio. Maika, una de sus amigas, no pudo evitar acercarse y susurrarle:
—¿De dónde lo has sacado, Elena?
A lo que ella contestó con sorna:
—¡Ssshhh!, guárdame el secreto. Estaba de oferta.
Las dos mujeres rieron a carcajadas.

La velada discurrió sin problemas y Eloy resultó ser uno más del grupo. Sin embargo, a eso de las diez y media, el hombre se inquietó: miraba a diestra y siniestra en busca de algo, se revolvía en la silla. Sin tiempo para reaccionar, Elena observó cómo se levantaba y tomaba prestada la naranja que una señora de edad tenía de postre en la mesa de al lado. Acto seguido, cogió un cuchillo para pelar la fruta y ofrecer los gajitos en la boca a su azorada amiga. Su ridículo comportamiento la hizo sentir vergüenza ajena. Aquella costumbre no debería haber traspasado la esfera privada. Intentó, como pudo, aguantar el chaparrón y la mofa de sus compañeros. Por supuesto, Eloy no atendía a más razones que a las de su aplicativo informático y no cejó en su empeño. Elena cerraba la boca o se retiraba. Era en vano; aquella naranja se le hizo eterna. Terminada la escena, la mujer no pudo evitar bajar la cabeza y rascarse la nuca, tras soltar un expiatorio “tiene cada cosa…” mientras salían del restaurante.

Si la escena anterior le resultó desafortunada, la siguiente fue calamitosa. Maika, se colgó del brazo del hombretón de saldo, probablemente para comprobar que aquella musculatura era de carne y hueso. El correspondió con ostensibles caricias en las nalgas, que, dicho sea de paso, no disgustaron a la receptora.

A Elena le dio asco; iba a ser muy difícil fingir lo contrario. Estaba furiosa, aunque sabía que, en contra del pensamiento general, Eloy era inocente. Zaherida por el arqueo de cejas y las miradas de soslayo, tiró del fogoso androide y se fue a casa.  Mientras conducía el coche, ya reparado el daño con intimas caricias, apuntó mentalmente: “reprogramar las salidas de fin de semana”.

viernes, 31 de enero de 2020

Xenotransplante*


"Yo juego con las fantasías de la gente. La gente quiere creer que algo es lo más grande, lo mejor y lo más espectacular. Yo lo llamo hipérbole veraz. Es una forma de exageración inocente y una forma de promoción muy eficaz"
Donald J. Trump

Juan no es ajeno al estado ausente que me invade desde la operación de trasplante coronario que me salvó la vida.  Intento disimular la extrañeza y la melancolía, pero él me conoce bien. Sabe que algo pasa. Es verdad, son algo más que efectos colaterales del postoperatorio. A Juan no se le escapa la nausea contenida al entrar en la carnicería, el olisquear continuo en cuanto salgo a la calle. Mi aversión a todo lo civilizado.
Y eso que desconoce  este sueño recurrente: envuelta a placer en el lecho hediondo de una cuadra oscura y cálida. Luego despierta el juez interior y me empapo de un sudor frío, culpable.

La pesadilla se repite a diario, me desequilibra e inquieta. Juan lo nota y se preocupa, intenta hacerme la vida más amable: elabora planes para el fin de semana, procura, en definitiva, agitar este espíritu pasivo. Su carácter tenaz, a veces me incomoda.

Este fin de semana, sin embargo, nos escapamos al campo. Hicimos una parada en la carretera y nada más bajar del coche, comencé a percibir sensaciones adormecidas en mi inconsciente: la brisa fresca de la dehesa traía olores intensos a tomillo y romero. Los ojos se cerraban, la dirección de mis pasos era orquestada por la batuta orientadora de mi nariz. Me puse a cuatro patas, la cabeza pegada al suelo, olisqueando como un animal. La transformación no estuvo exenta de dolor pasajero. Bajo una encina divisé a mis congéneres: una piara negra se arrebolaba en torno a su tronco, y oteado el horizonte, pude ver cientos de piaras como hordas que descendían por las colinas, de tal modo que el propio montículo pareciera haber cobrado vida. La mancha era negra, inabarcable y subyugante. 

Un poco avergonzada, imaginaba la cara de Juan al meneo de mis caderas, su decepción. Sentí el brotar de un apéndice en la parte baja de la columna. Me reí. El apuro inicial cedió a la despreocupación por lo que pensara el que ya era mi pretérito amado y continué. Sabía que me esperaban. 

Una nebulosa de apariencia  frágil colonizó mi cerebro y el tedioso ejercicio de pensar, que lleva a la preocupación, se me antojó algo accesorio. Podía vivir sin ello.  Era fácil sentir, trotar, gruñir. Requería poco esfuerzo. Poseída por aquel sentimiento atávico, todo lo que hasta entonces conformaba mi modo de vida -ordenado y templado- me resultaba superfluo, banal. Tan solo necesitaba formar parte de aquellos ahora tan parecidos a mí. Ya no era yo, éramos nosotros.

Esa revelación hizo palpitar de modo salvaje el implante que ahora dominaba la naturaleza racional y humana del cuerpo que lo habitaba. La piara se extendía como un hongo atómico. Reconfortada por el calor de saberme miembro de la misma tribu, insalivaba a la vista de la bellota entreverada, jugosa, que se me ofrecía y que trituraba mansamente.

 Uno de ellos, el portador de nuestros sueños, se puso al frente y nos orientó hacia Juan. Arropada por las orejas que ocultaban mis ojillos, no miré cuando cayó aplastado y pisoteado por la masa. El olor de la sangre nos hacía sentir victoriosos y avanzábamos sin temor. No éramos arrogantes instruidos, acostumbrados a dudar. Nos movía una pasión emocionante. Exigíamos respeto y tolerancia. Eramos algo grande, fuerte, voraz.

*xenotrasplante (del griego ξένος xenos: 'extranjero'), heterotrasplante o trasplante heterólogo, es el trasplante de células, tejidos u órganos de una especie a otra, idealmente entre especies próximas para evitar rechazo, como de cerdos a humanos.

lunes, 16 de diciembre de 2019

El Porvenir

El olor a col cocida desciende por la escalera y provoca el vómito de Elsa, tan sensible ahora. Miro hacia arriba. Está esperándonos junto al quicio de la puerta. Cuando llegamos, un ademán de su mano nos invita a entrar. El piso está cargado de una humedad rancia y sulfurosa que emana de la cocina. Comienza a desbordarse el agua hervida. El hombre, que nos sigue por detrás, entra en la cocina y retira la col del fuego Elsa acerca el pañuelo a la boca. Imposible reprimir la arcada.

 Tomo su hombro y la acompaño por el pasillo. Espero que no haya reparado en las paredes enmohecidas. El anciano nos señala la salita para que entremos: Un tresillo marrón de brocados pasados de moda y un televisor, presiden el cuarto. Apoyado contra la pared, hay un aparador sencillo y sobre él, la foto de la difunta. Elsa y yo nos miramos con desconsuelo. Nos sentamos los tres, encogidos y engullidos por el tresillo. Intento hilvanar una conversación, con poco ánimo. Somos la viva imagen de la pobreza. El hombre, a mi derecha, tiene la cabeza inclinada sobre el pecho; las manos, enlazadas y apresadas entre las piernas. Contemplo por el rabillo del ojo a Elsa, la mirada fija en su vientre. Estoy azorado, a caballo entre la impotencia y la vergüenza de no poder ofrecer otra cosa. Siento que mi rol de protector es una quimera.

Como el rayo de luz que entra por el ventanuco del condenado, mi esposa corta el silencio y comenta lo encantadora que parece la mujer de la fotografía. “Es Elisa, mi mujer” responde el hombre. Me sorprendo ante la semejanza de nombres. Sonreímos. Elsa se interesa más, le pregunta por cómo era ella. El hombre, que se llama Rubén, despierta de su letargo. Comienza su historia. Tan semejante a la nuestra. Los primeros años en un cuarto de alquiler. Los trabajos extra, los días difíciles, los desvelos para ahorrar. El respiro de un pequeño ascenso y la compra del piso. El pago de la hipoteca, la esperanza de unos hijos que no vendrán. El consuelo de los sobrinos. Y un feliz viaje a Cuenca para celebrar cincuenta años de matrimonio. Las pupilas se le dilatan conforme avanza el relato. Sólo la ausencia de un hogar con niños, ha ensombrecido su existencia. Lo echa más en falta ahora, tras el vacío que dejó Elisa.

Mi mujer, acerca la mano del hombre a su apenas incipiente barriga. Le habla de una habitación pintada con cenefas infantiles. El hombre la toma de la mano, se la lleva a un cuartito bien iluminado. Podría ser éste, le responde. Elsa abre los ojos, señala la ventana “aquí unas cortinas con jirafas, ¿no le parece?”. Y la cuna debajo, contesta Rubén. Mi mujer aparca sus mareos y la pertinaz atmósfera de berza se disipa para dar paso a una charla animada: la de la extraña pareja que contemplo con simpatía.

Desde la salita, sigo el ajetreo; la repentina agilidad del viejo, la voz cantarina y soñadora de Elsa, casi olvidada. Poseídos por el entusiasmo, arrastran muebles para calcular mejor el espacio. Continúan su cascada de proyectos: sus gestos son rápidos y cómplices.

Recostado sobre el tresillo, autocomplaciente como un propietario satisfecho de su compra, fijo la mirada en la bombilla solitaria que cuelga del techo, vacía de toda esperanza.