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martes, 10 de junio de 2014

Picnic

Yo no estaba acostumbrada a un agosto urbano. Pero Dinah  y  Mariona, que habían conocido más de uno, siempre tenían planes para espantar el tedio. Aquella vez a Dinah se le antojó ir a las campas. Pasaron a buscarme a las cuatro. Tenía lo necesario: el bocadillo de jamón york con mayonesa y una naranja, la toalla. Y la Nancy. Lo metí todo en el capazo rojo y bajé disparada . Salimos del barrio, hacia las vías del tren. Caminábamos a trompicones por las traviesas, ensayando equilibrios sobre los raíles,  riéndonos y empujándonos hasta caer. Dinah se balanceaba con el casette en la mano. Atravesamos la boca del túnel y cogimos el desvío que subía hacia las campas. Exhaustas y sudorosas, nos tumbamos sobre la hierba a contemplar la vista. Después, sobre nuestras toallas, nos quitamos los vestidos  y Dinah se embadurnó con crema solar. Nosotras la imitábamos con torpeza. Sacamos nuestras muñecas. La mía tenía un trikini de nylon azul a rayas, la de Mariola un bikini de crochet. Con una malicia inesperada, Dinah soltó delicadamente el sujetador del bikini de su muñeca:
-La mía hace topless - rió. 
Las muñecas, tendidas con los brazos hacia atrás para sujetar sus cuerpecitos plásticos, imitaban poses adultas. La brisa cálida, que nos ondulaba las melenas, traía reminiscencias de carbono y azufre. Aspirábamos el efluvio a huesos quemados de la fábrica de papel con fruición adictiva.
 Nos sentamos con las piernas recogidas en un abrazo mientras mirábamos embelesadas  el espectáculo de atardeceres:  Allá abajo, en las fábricas,  vagonetas cargadas de mineral, acariciado su trasiego por la luz de la tarde, proyectaban fulgores iridiscentes.
A la hora convenida, el canto de la sirena abrió paso a una legión de playmóbiles  con monos azules que abandonaban la fábrica.  Dinah, que reconoció al muñeco que tensaba su deseo, encendió el casette.  Sonó algo de Tequila. El obrero se giró y saludó con disimulo. La mirada de ella tiraba de él con urgencia concupiscente. La valla se abrió y comenzó el desfile. Sin previo aviso, y movida por los demonios que ahora la habitaban,  Dinah se vistió, bajo a la carrera y esperó oculta tras un matorral a que todos marcharan. El hombre se le acercó. Pude ver el abrazo, la sórdida mirada, la mandíbula buscando el cuello, las mejillas  encendidas. La certeza de que existían abismos.

Y un chasquido, el de una plancha metálica que cedió dilatada por el calor, nos despertó a Mariona y a mi, absortas, confusas y calladas, merendando el bocadillo, tras recoger nuestras  muñecas y no reparar en la de Dinah.





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