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sábado, 14 de enero de 2017

Salto de altura

Hoy es trece de Enero. Todo el pueblo se junta en el parque: mentón elevado y brazos pegados al cuerpo. Los veteranos dedican sonrisas paternales a los quinceañeros novatos. A las dos en punto el alcalde da la señal; introduce la llave en la alcantarilla que suspende el campo gravitatorio, nos agachamos para coger impulso y nos lanzamos como cohetes hacia arriba, con decisión. Es importante afinar. Un salto demasiado elevado nos puede costar la vida. Los más pequeños, sujetos con cuerdas a farolas y árboles del parque, no dejan de animar y palmotear mientras son mecidos por el viento. Todos quieren que sus padres queden segundos. Una hora después, el alcalde restaura el campo gravitatorio lentamente, para evitar caídas bruscas. Fatigados por el esfuerzo y aliviados por volver, nos dejamos caer sobre el césped. Algunos miramos de reojo al cielo, sin querer saber. Y acto seguido, aplaudimos con fervor al flamante segundo que será el alcalde de este año. Quien no puede aplaudir es Elena, corriendo desesperada tras la silueta amada del vencedor que sube y sube como globo de helio escapado de sus dedos.

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