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jueves, 24 de julio de 2014

Alambique



Yo languidecía en la tumbona junto a la piscina. Cuando terminó sus largos, ella se me acercó. Con la parsimonia de un felino tras el almuerzo, lamí las gotas de agua que le resbalaban por la frente. Por la nariz. Me incliné para besarla y llegó aquel impulso ancestral, esa lengua que despertaba de un letargo añoso. Ella se abandonó a la fuerza que la absorbía.  Se ahogó en la bolsa de mi estómago aquella inagotable energía que destilé con avidez. 
 Vi el placer mudar de rostro. Después, el desmayo y  unos ojos opacos.
 Ahora sus gestos son toscos, la invade un extraño pudor de despojada. Cuando nada, lo hace con la exactitud de un autómata, sin gracia. No hablamos de ello, pero a veces, cuando cree que estoy distraído y me examina suspicaz - quizás mascando la idea  de abandonarme, de abandonarse-  temo que vea en mi rostro ese alma tan familiar, ese robo flagrante, que es ahora tónico y escalofrío de mis vísceras recónditas.




jueves, 17 de julio de 2014

El hijo de Mowgli


Este micro que me vino a la cabeza pensando en la vuelta al cole.

A veces se torturaba. Ocurría durante esas mañanas en las que el sol iluminaba el rostro de su esposa, ajado por la pena del bebé desaparecido, con la mano apoyada en la cunita, la que año tras año se negaba a retirar. Entonces volvía la culpa por el secreto no revelado.
 Despertaban en su memoria recuerdos de una noche estrellada, con el bultito en los brazos, que depositó con cuidado junto al  árbol en el que jugara con Balú. Y la vuelta a casa, con el corazón en un puño. Y las dudas. Pero el pensar en  aquella infancia vivida, indómita y salvaje, al amparo del oso y la pantera, le convencía de haber  hecho lo correcto. Imaginaba los chapoteos de su hijo en el río, las carreras, los bailes con los monos estúpidos. El miedo al tigre.
 Y entonces, espantaba con la mano las moscas y volvía a su labor en el huerto mientras  imaginaba al niño que desafiaba al tigre y volvía hecho un hombre a  la aldea, para recibir el violento abrazo de su madre, ya consolada.

martes, 1 de julio de 2014

Big Bang

Fue cuestión de un minuto lo que tardó el cielo en cargarse de nubes y oscurecer la playa. La arena tomó la temperatura del hielo.  Muchos  comenzamos a tiritar. Los adultos miraban la masa tubular del fondo y corrían, tomando de la mano a los niños. Una brisa cargada de polvo sacudió la playa arrastrando gorras y toallas. La masa avanzaba con celeridad y se elevaba tragando botes, motos de agua, hombres, mujeres y cuanto estorbaba su paso.  El mar respondió al ataque abriendo una boca espléndida y allí nos escondimos cuántos corríamos para no ser arrastrados por el tornado.  Lo último que recuerdo es un desagüe abisal que nos condujo a este agujero negro. 
 Desde entonces, habitamos este oscuro lugar de náufragos. Hemos reciclado todo aquello que el mar arrebató al tornado y con ello hemos construido chozas y  palafitos. Cultivamos huertos de algas  y la natural evolución ha escamado nuestra piel y enfrentado nuestros ojos. No tenemos agallas; la respiración es un ejercicio accesorio. Practicamos un silencio comunicativo. Más que caminar,  gravitamos. A veces, cuando se cuela  alguna corriente fría, recordamos la época del tornado. Todo cuanto adornaba la vida en aquel cálido planeta.
 Algunos dicen que lo que conocimos como nuestra tierra es ahora un cementerio inabarcable.