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jueves, 26 de junio de 2014

Papel Maché


Yo me aferro a esta novia humana, con pálpito en el pecho izquierdo que turba mi costado derecho. 

Me recogió un día de perros en el centro comercial, me resguardó como pudo pero ella, que parece inmune a los elementos, no sabe de mi aversión al agua que me disuelve o al viento que me desgarra. No conoce mi temblor.
 Al llegar a su casa, a salvo ya de la intemperie, me ha sentado en el sofá para que escuche una canción. He notado su tibio abrazo y el arrebato que la  ha llevado a depositar en mi hombro de cartón sus lágrimas. Lágrimas que han dejado una huella cóncava e indeleble. 
Al atardecer, cuando el cielo se nubló y volvió el frío, cogió su plancha para alisar mi corazón de celulosa. Y me abandoné a sus caricias de vapor.
 He experimentado algo semejante al fuego, tan temible. 
Este amor suyo me está arrastrando a una pasión líquida y fatal.  Siento que esta vida nueva es ardor. Y muero.
Dedicado al club de wasap "zu irakurle" y especialmente a su promotora Gotzone Butrón, con todo cariño. No dejéis de leer y escribir.

martes, 24 de junio de 2014

Mis favoritos/35


Con esta obra irrumpió en el panorama literario Richard Yates y quedó finalista en el National  Book Award de 1961. A pesar de ello, murió olvidado, como tantos adelantados a su tiempo.
 La novela comienza con una representación de "El bosque petrificado" por parte de los vecinos de un área residencial. La protagonista es April Wheeler, que estudió arte dramático y que comprueba, no sin frustración, sus escasas dotes para la interpretación.
  A partir de esta obra de teatro, el matrimonio Wheleer entra en crisis, o más bien reconocen lo absurdo de sus vidas: unos hijos que no han deseado, un trabajo que el marido, Frank Wheeler, no ha querido, una vida de ama de casa que April detesta, todo ello envuelto en el celofán de una tranquila zona residencial, que es el ideal de bien de consumo. 
Sin embargo, todo cambia cuando April decide que deben dar un cambio a sus vidas, que Frank tiene que desarrollar su talento y que para ello nada mejor que marchar a París.
El retrato de Frank es la de un farsante: encantador de serpientes con su berborrea, egoísta y de escaso talento. Es curiosa también la escasa presencia que tienen los niños, son como muebles en la novela. Así como un perturbado, encargado de decir las verdades que nadie se atreve a confesar.
La novela es también un alegato de género. Curioso que aunque la mujer se incorporó al mundo laboral durante la segunda guerra mundial,  la mayoría dejara de ejercer aquellos empleos para rendirse al ideal de mujer satisfecha con el cuidado de los hijos, la protección del marido y la tranquila vivienda residencial , pero sobre todo lo que más me gustó de Vía Revolucionaria es la reflexión sobre lo que podemos dejar que el estilo de vida contemporáneo haga con nosotros. 
Leonardo di Caprio y Kate Wintsley volvieron a reunirse para rodar la película basada en el libro: Revolucionary Road. Desde luego, nada  que ver con Titanic.

jueves, 19 de junio de 2014

El coro

Alguien ha empezado a tirar del hilo y  ha enojado a la araña que espera  en el otro extremo. Antes la hubiéramos aplastado nada más verla. Pero fuimos curiosos o  impertinentes. Desde su escondrijo, nos ha ordenado gritar al unísono. Ese alguien, que tiene aspecto de hombre, se ha girado al oír nuestras  vocecillas y nos ha descubierto aquí,  atrapados en la red, diminutos como chinches. Al acercar sus enormes ojos le hemos parecido tan ridículos que se ha retirado, mientras agitaba su barriga sin parar de reírse.
Ese mismo hombre - estúpido y ajeno a su porvenir-  en su desternille no ve cómo la araña va tejiendo a su alrededor una especie de capullo que lo dejará preso como una crisálida. Pasados tres  días, saldrá reducido a una milésima parte de su tamaño y unirá su vocecilla a las nuestras.

martes, 10 de junio de 2014

Picnic

Yo no estaba acostumbrada a un agosto urbano. Pero Dinah  y  Mariona, que habían conocido más de uno, siempre tenían planes para espantar el tedio. Aquella vez a Dinah se le antojó ir a las campas. Pasaron a buscarme a las cuatro. Tenía lo necesario: el bocadillo de jamón york con mayonesa y una naranja, la toalla. Y la Nancy. Lo metí todo en el capazo rojo y bajé disparada . Salimos del barrio, hacia las vías del tren. Caminábamos a trompicones por las traviesas, ensayando equilibrios sobre los raíles,  riéndonos y empujándonos hasta caer. Dinah se balanceaba con el casette en la mano. Atravesamos la boca del túnel y cogimos el desvío que subía hacia las campas. Exhaustas y sudorosas, nos tumbamos sobre la hierba a contemplar la vista. Después, sobre nuestras toallas, nos quitamos los vestidos  y Dinah se embadurnó con crema solar. Nosotras la imitábamos con torpeza. Sacamos nuestras muñecas. La mía tenía un trikini de nylon azul a rayas, la de Mariola un bikini de crochet. Con una malicia inesperada, Dinah soltó delicadamente el sujetador del bikini de su muñeca:
-La mía hace topless - rió. 
Las muñecas, tendidas con los brazos hacia atrás para sujetar sus cuerpecitos plásticos, imitaban poses adultas. La brisa cálida, que nos ondulaba las melenas, traía reminiscencias de carbono y azufre. Aspirábamos el efluvio a huesos quemados de la fábrica de papel con fruición adictiva.
 Nos sentamos con las piernas recogidas en un abrazo mientras mirábamos embelesadas  el espectáculo de atardeceres:  Allá abajo, en las fábricas,  vagonetas cargadas de mineral, acariciado su trasiego por la luz de la tarde, proyectaban fulgores iridiscentes.
A la hora convenida, el canto de la sirena abrió paso a una legión de playmóbiles  con monos azules que abandonaban la fábrica.  Dinah, que reconoció al muñeco que tensaba su deseo, encendió el casette.  Sonó algo de Tequila. El obrero se giró y saludó con disimulo. La mirada de ella tiraba de él con urgencia concupiscente. La valla se abrió y comenzó el desfile. Sin previo aviso, y movida por los demonios que ahora la habitaban,  Dinah se vistió, bajo a la carrera y esperó oculta tras un matorral a que todos marcharan. El hombre se le acercó. Pude ver el abrazo, la sórdida mirada, la mandíbula buscando el cuello, las mejillas  encendidas. La certeza de que existían abismos.

Y un chasquido, el de una plancha metálica que cedió dilatada por el calor, nos despertó a Mariona y a mi, absortas, confusas y calladas, merendando el bocadillo, tras recoger nuestras  muñecas y no reparar en la de Dinah.